La superficialidad es algo complejo que, en la mayoría de las cosas, desemboca en la controversia.
Por eso siempre se nos ha dicho que es importante leer la letra pequeña del contrato. Ahí es donde reside la verdadera importancia del escrito. Hay más ejemplos, como cuando nos quedamos solo con el titular de la noticia. O cuando compramos comida procesada en el supermercado sin fijarnos en su elaboración e ingredientes. Incluso cuando tachamos a una película de “buena” o “mala” solo por el tráiler.
Pero seamos sinceros. Hacer lo contrario, profundizar, cansa. Aburre. Nuestro cerebro está hecho para ser un simple pasajero, automatizar procesos y buscar la mayor recompensa esforzándose lo mínimo. Por eso, cuando vemos a una persona publicar mucho contenido en redes, creemos que su vida es plena y es inmensamente feliz. Sin embargo, su realidad puede ser muy diferente, pero no nos paramos a pensar en los problemas que, como todos, también puede tener esa persona.
A esto se le denomina WYSIATI (What You See Is All There Is), un concepto del psicólogo Daniel Kahneman que significa “Lo que ves es todo lo que hay”. En otras palabras, es la tendencia del cerebro a sacar conclusiones ignorando el 90% de la historia. En definitiva, no nos gusta pensar. No nos gusta profundizar.
Como todo en la vida... ¿quién aprovecha esto? Hay dos tipos de personas. Por un lado, está el más listo, el que piensa más allá de lo que ve. Y, por otro lado, nos encontramos con aquellos que se suben a la ola antes de que empiece a romper. En mi caso, voy a (ojo a lo que digo a continuación) profundizar en estos últimos.
Estas personas saben detectar aquellas situaciones hacia las cuales el público masivo corre a ciegas, siguiendo a la multitud con tal de no quedarse fuera. Ese público no piensa, no actúa por voluntad e iniciativa propias. Simplemente ve lo que hacen los demás y piensa: “Como todos están haciendo esto, será que están en lo correcto (y, por consiguiente, yo estoy equivocado) y, por lo tanto, debo actuar como ellos”.
Hay un ejemplo cómico de un banco cuya sede estaba frente a una parada de autobús. Al amontonarse colas y aglomeraciones de personas en los alrededores de ese banco, debido a que justo ahí se esperaba al transporte público, los clientes de la entidad interpretaron que toda esa gente estaba retirando su dinero en masa. Pensaron que el banco estaba en crisis y, sin pararse a comprobarlo, hicieron exactamente lo mismo. Hasta estos puntos es capaz de llegar el cerebro humano con tal de no pararse a pensar dos minutos.
Quizá este tipo de ejemplos te pueden parecer poco familiares, pero qué me dices si te cuento que la forma en la que viste el 83% de la juventud se debe a influencias externas: familia, amigos, famosos, influencers, modas, tendencias, etc. Son muy pocos los que fundamentan sus decisiones en valores e identidad personales.
Ocurre exactamente lo mismo con los creadores. Cada vez somos menos los que construimos en base a unos propósitos y criterios sólidos. En cambio, los que mencionaba antes, los que aprovechan la ola y se suben en ella, son justo quienes se jactan de la falta de personalidad y pensamiento crítico de la mayoría para hacer negocio. Van a lo que funciona y punto.
Las marcas de ropa son el sector donde más los podemos encontrar. Están por todos lados. Y, para encontrarlos, simplemente tenemos que hacer lo que más nos molesta: profundizar. Nos dejan síntomas tan claros que hasta un ciego los podría ver, pero, como no hay más ciego que el que no quiere ver, campan a sus anchas aprovechándose de los vulnerables, que luego pasan a ser sus secuaces.
Los detectamos con una facilidad pasmosa: son más de lo mismo. ¿Qué quiero decir con esto? Pues que crean marcas sin carácter, sin intención ni determinación, con unos valores de escaparate y todo, resumiéndose, en otra copia más de lo que funciona. Es decir, no lo hacen porque piensen lo que dice su marca, sino porque ven que la multitud ha ido corriendo hacia ese sector y entonces ven el negocio. ¿Dónde están estas personas hoy en día? Los tienes, sobre todo, en el streetwear, donde, simplemente en España, 15 de las 16 marcas de ropa que se crean cada día son de este “estilo”.
A mí me duele la falta de propósito de las marcas de estos creadores. Me duele que se centren solo en el escaparate, en lo superficial. Que no profundicen. Pero cada uno es libre de hacer negocio como quiera.
Por eso nosotros, en vez de subirnos a las olas que ascienden y rompen constantemente, hemos preferido construir desde cero, en un océano calmado donde llegan solo los que tienen muy claros sus objetivos, valores y personalidad. Somos conscientes de las dificultades, pero no nos centramos solo en el negocio: miramos al largo plazo y luchamos por lo que consideramos importante.
Somos pocos, pero quién sabe, quizá eso sea lo mejor.