200 millones de fallecidos. Alrededor de 300 conflictos armados. Más de 30 países experimentaron hambruna masiva. Cerca del 80% de la humanidad sumida en la pobreza extrema. 7 recesiones económicas de alcance global. Estas solo son algunas de las miles de desgracias que se vivieron durante el siglo pasado.
Hoy estamos en la época más “fácil” de vivir, por lo menos en el mundo occidental, de toda la historia. Nunca antes el sistema había estado tan bien diseñado para que uno de los peores males que nos puede pasar sea suspender un examen o que no nos renueven en un trabajo. Parece una utopía, pero hace menos de 100 años, las tragedias que he mencionado en las dos primeras líneas eran el pan de cada día.
Y que no se me malinterprete, soy plenamente consciente de que no todo el mundo tiene las mismas oportunidades y que cada persona tiene un contexto detrás que bien puede ser positivo o terriblemente desfavorable. No soy quien para juzgar los males de cada uno y no es aquí en lo que me quiero centrar. Generalizando, podemos comer varias veces al día, tenemos acceso a agua potable en cualquier esquina, dormimos en un colchón con una manta y un radiador que da calor si la temperatura es baja. Disponemos de electricidad para iluminar la oscuridad en cualquier momento. Tenemos un armario con una gama de prendas a escoger según nuestras necesidades. Incluso podemos lavar esa ropa con facilidad y, hablando de lavar, nos es posible tener una higiene impecable. Además, nuestro acceso a estudios y oportunidades laborales, casi a la carta, es ilimitado.
Esto, quieras o no, es incomparable a hidratarse con agua contaminada por necesidad o a ingerir 270 kilocalorías con un trocito de pan. Ah, sí, y hacerlo con las manos completamente sucias. También es mucho menos comparable a ir corriendo de frente a una lluvia de 1200 balas por minuto de 9 mm de tamaño disparadas por decenas de ametralladoras montadas. No, dudo mucho que haya algo comparado a eso.
Muy sencillo. Cuando a una persona se la lleva al límite de sus capacidades y es obligada a soportar más de lo que creía posible, su mente, cuerpo y carácter se adaptan a este nuevo límite. Esto también se conoce como supercompensación, que es lo que sufrieron la mayoría de los hombres del siglo pasado. Las posteriores generaciones también crecieron y se desarrollaron en un contexto que superaba los límites; sin embargo, ellos no se adaptaron a él, sino que se educaron con él.
Así pues, los tiempos tan delicados y difíciles del siglo pasado crearon personas fuertes. Estas mismas personas dieron a luz a grandes personas, muy por encima de las capacidades habituales del ser humano. Estas grandes personas construyeron tiempos de paz y esos tiempos de paz son en los que vivimos hoy en día. El siglo XXI ha brotado de las semillas que se sembraron entre 1900 y 2000. Y el resultado, como vuelvo a decir, es un mundo lleno de oportunidades y desarrollo.
Cualquier tontería podría sobrepasar con mucha facilidad a una persona que ha vivido toda su vida en modo automático. Y no, sacar mejor nota en un examen para el que has estudiado más que la media no es una forma de combatir este problema; es más, ¡eso es parte del problema! Creer que ser más fuerte o aumentar tu valor depende de dedicar muchas horas para sacar una gran nota en un examen es parte del problema. Sigues siendo un títere, alguien cuya vida se construye precisamente dentro de ese maravilloso sistema que nos han brindado las grandes personas del siglo pasado. Pero... ¿qué hay fuera de ese sistema? ¿Qué hay si la banca, la red eléctrica, el desarrollo tecnológico, el sistema educativo... colapsan? Es más, ¿qué pasaría si Internet se desploma a nivel global?
No pienses la respuesta, te la doy yo (aunque no es muy difícil llegar a ella): estallaría el caos. El miedo se propagaría por las calles como fuego sobre hierba seca. El posible fin del mundo asomaría por la ventana. Todo se desplomaría.
Pero no solo es en política. La debilidad de estas personas es visible en cada aspecto que imagines. Carecen de personalidad, de pensamiento crítico más allá de lo que dicen los medios, son fácilmente influenciables, temen a lo desconocido y, al evitar avanzar hacia donde poca gente se atreve, prefieren quedarse donde esté la mayoría de sus semejantes. Total, “si lo hace todo el mundo es porque será lo correcto” y, por supuesto, quién eres tú para contradecir a las mayorías, ¿verdad?
Siempre hablo de la ropa, pero en este artículo voy a hacer una mención muy breve donde habrá que utilizar mínimamente el cerebro, cosa que se hace muy poco hoy en día. Si consigues llegar a la respuesta es porque probablemente eres una persona que sí tiene potencial para ser una gran persona. Solo te haría falta construirte.
Hoy en día hay miles de tendencias pasajeras que van y vienen. Tan pronto como suben, caen. ¿Por qué será?
Justo hay un estilo que es el más criticado y peor visto por las mismas personas que defienden lo anterior. Raro, ¿cierto?
Pero espera... las grandes personas que construyeron el siglo pasado (no una ni 10 ni 100, sino generaciones completas) ¿cómo vestían? Y, ¿cómo lo hacen las personas débiles de hoy?
No hay más preguntas, señoría.
Creo que ha quedado todo muy claro, no en el texto, sino en la cabeza de cada uno, y si no, vuelve a leer el párrafo anterior y piensa, ata cabos, une hilos. Te lo prometo, no es muy difícil.
Tarde o temprano, estos tiempos tan buenos, de paz y felicidad, donde todos viven felices y comen perdices, se acabarán. La enorme multitud de personas débiles que nacen y se hacen serán incapaces de sostener un mundo tan bien construido y convertirán estos tiempos bonitos en un mañana oscuro, difícil, lúgubre.
Será muy fácil reconocer a las grandes personas y yo te pregunto: ¿te reconocerán a ti?