Érase Una Vez...

Año 1970. El sonido de la suela dura de los mocasines retumbaba por las calles. Las americanas, bien ajustadas, combinadas con peinados refinados y una atención única a cada detalle, se unían en completa armonía coloreando un mundo que por aquel entonces se retransmitía en blanco y negro.

Hubo un momento, no hace mucho tiempo, donde las principales capitales de Europa eran reconocidas a nivel mundial no solo por sus valores, sino también por sus códigos de vestimenta. Parecía que todos los ciudadanos, independientemente del género, la altura o la capacidad adquisitiva, se ponían de acuerdo en mantener un respeto tanto hacia uno mismo como hacia el resto. Podríamos decir que todos cuidaban su imagen. Madrid, por supuesto, no era una excepción.

Nos remontamos a una época donde los hombres eran hombres, las mujeres, mujeres, y las tradiciones eran respetadas. No se atentaba contra la identidad al más mínimo impulso emotivo. Todos tenían una personalidad fuerte y unas ideas sólidas que no iban a derrumbarse por tendencias o por lo que hiciera o dejara de hacer la mayoría.

Antes de nada, quiero dejar claro que estos argumentos nada tienen que ver con la dictadura en la que vivía España durante la primera década de los años 70. La idea es global. No solo Madrid, sino todas las grandes capitales europeas parecían estar estrechamente relacionadas entre sí, como si de unos hermanos gemelos se tratase. La elección de Madrid es por mera cercanía y la situación política de la ciudad y del país no afecta en absoluto a la identidad, cultura y códigos que había construido el Viejo Continente durante siglos y que se habían esparcido por cada nación.

Los años 70 fueron probablemente el momento de mayor madurez que se recuerde. La sensación es que las personas corrientes de aquellos tiempos podrían ser superhéroes hoy en día. Bastaba con sentarse diez minutos en una terraza para verlo. Un hombre de 25 años parecía un adulto. Hoy te cruzas con personas de 35 que siguen vistiendo, hablando y comportándose como adolescentes. Caprichoso es el destino que quizá nuestros abuelos (o incluso nuestros padres) vean el panorama actual y se echen las manos a la cabeza, incrédulos ante el rumbo que ha tomado la sociedad en apenas unas pocas décadas.
Luego vinieron los 80 y los 90 que, si bien es cierto que empezaron a ver nacer los primeros estilos llamativos, formaban parte de una minoría que tenía un estilo de vida muy específico y, por supuesto, respetable. El rock, el heavy metal o el punk son algunas de las modas que brotaron antes de llegar a los 2000.

Sin embargo, con la llegada del nuevo siglo, todo se echó a perder, principalmente tras la primera década y con la aparición de las redes sociales. Los jóvenes siempre han sido propensos a caer en la tentación de las tendencias, más todavía si ven que influencers, famosos o cientos de personas que publican contenido en redes validan esas modas y presumen de ellas en cada publicación.

Durante siglos, la educación venía principalmente de la familia, el colegio y el entorno más cercano. Hoy compite contra un teléfono móvil que acompaña al joven durante horas todos los días. A una edad prematura es complicado deshacerse de esos inputs; si encima tu familia o tus amigos, con quienes te relacionas a diario, también sucumben a estas modas, evitar vestir igual que ellos podría catalogarse como una misión imposible.

En parte, este es el problema de las generaciones actuales. Se educan a través de las redes sociales, donde ven un mundo virtual que luego trasladan a la realidad. Antes, en los 70, al no tener estos canales de difusión, los jóvenes se educaban entendiendo que la imagen de uno mismo era de suma importancia y que determinados valores, como la formalidad o el respeto, eran clave a la hora de decidir cómo salir a la calle.
Hoy pasa lo mismo, pero en las antípodas. Los valores que transmiten las nuevas marcas y tendencias están estrechamente relacionados con la dejadez personal, la vida callejera e incluso, en muchas ocasiones, con maleantes o la violencia. Podríamos decir que nada tiene que ver con las bases y principios de la educación.

Cada uno es libre, y siempre debe serlo, de vestir como le plazca. Nadie debe obligar a nadie a vestir de una forma concreta, pero sí se puede enseñar y mejorar. La moda, si se tratase únicamente de gustos, no habría sido uno de los sectores que más ha movido al ser humano durante toda la historia. Siglos y siglos de dedicación no se resumen en la frase: “para gustos, colores”. Hay unos principios, unos estándares, unas reglas no escritas y otras que son objetivas.

Todo está en la educación que reciba una persona. Si es como en la Madrid de los trajes, los sombreros, la masculinidad, la caballerosidad, la discreción y la armonía; si es como en la Madrid de los 70, el resultado será muy diferente al de la generación TikTok.

La ropa nunca fue el problema. La educación siempre fue la respuesta.