En Búsqueda de la Identidad

Aislamiento y soledad, hambre extrema, sed, peligros de fauna, debilitamiento físico, exposición a la intemperie, tormentas de arena y privación de sueño fueron solo algunos de los problemas a los que tuvo que hacer frente Jesús a lo largo de su travesía de 40 días por el árido y montañoso desierto de Judea.

Salvando las distancias y sin profundizar en los problemas físicos, voy a hacer un paralelismo con el ámbito espiritual. Insisto, salvando las distancias.

Hace aproximadamente una década, el mundo entero entró en una travesía ciertamente similar, buscando cambiar de pieles y adoptar una nueva identidad, centrada en la inclusividad, la equidad y la deconstrucción social de una supuesta sociedad íntegramente injusta.

A priori -y a falta de contexto- cualquiera podría estar de acuerdo con la lucha de estos objetivos. Sin embargo, lo que hemos recogido es un fanatismo basado en un moralismo superior que adopta el victimismo como modus operandi. Y bajo la premisa de que el fin justifica los medios, utilizan una ideología intolerante que censura y coarta la libertad de expresión para cualquiera con un mínimo de pensamiento crítico. En otras palabras, hace una década, el mundo se adentró en la cultura de la cancelación. 

No son los problemas que enfrentó Jesús -en principio todos tenemos nuestras necesidades básicas bien cubiertas- pero también esto tiene lo suyo...

Dicho esto, así llevamos viviendo unos diez años. El planeta, dictaminado por quien se deja llevar por las emociones, por la envidia, el resentimiento y un profundo odio, y grita sin pensar. En cambio en las antípodas, nos encontramos con esas “pocas” personas que tienen la cabeza para algo más que llevar pelo y todavía la utilizan, pero que ven desde su ventana como afuera arde el mundo y para que no se propague el fuego hacia su propiedad se ven obligados a guardar silencio.

La sociedad durante esta época ha estado tan distorsionada que incluso hacer deporte, comer sano, mantener una buena higiene, querer ser autónomo y emprender, leer, estudiar y aprender, vestir bien, ¡o incluso querer montar una familia!... se han señalado como “peligro”. Es decir, la meritocracia, el autocuidado, la competitividad y, en definitiva, todo aquello que te haga desarrollarte como mejor persona ha sido objeto de burla y deshumanización. Llegando hasta el extremo de procurar “matar” socialmente a todas las personas que, con dos dedos de frente, todavía defendían estos valores.

De nuevo insisto; no son los problemas a los que hizo frente Jesús, pero tela...

Por desgracia, las nuevas generaciones de jóvenes se han educado en este infame ecosistema y las consecuencias, que ya han asomado, son terribles. Podríamos estar viviendo perfectamente en una película donde se introducen chips a las personas de a pie para acabar con su capacidad de pensar, y de ser racionales y coherentes.

Por supuesto, todas estas barbaridades han creado un caldo de cultivo excelente para la aparición de otras gravísimas consecuencias como el nacimiento de marcas de ropa que se jactan de hablar de “movimiento”, “lucha” e “identidad” pero que luego todas acaban siendo una prolongación del mismo mensaje, repetido una y otra vez. Ya no es que nazcan sin personalidad, sino que confunden conceptos tan básicos que acaban llamando “estilo” al drip, al streetwear o a llevar los pantalones por las rodillas enseñando los calzoncillos. A ponerse prendas sin fundamento y a luchar por ser el que peor viste; a quien la sociedad ha comenzado a reconocer y premiar.

Durante estos años vestir bien, con presencia y elegancia ha estado mal visto. La formalidad y el respeto sobre uno mismo y ante los demás se ha perdido. Y aquel “diferente” que conservaba estos valores... pues lo de siempre: “Niño de papá”, “p*to pijo de m*erda”, “vistes como un abuelo”, etc. En definitiva, los dos platos principales: envidia y odio.

Tu posición económica, de quién seas hijo, dónde vivas o qué estudies no determina el tipo de vestimenta que debes de llevar. Tus principios y educación, sí. Pero como he dicho antes, tratan de destruir todo lo que te hace ser mejor persona, por eso a quien vista bien es mejor insultarlo.

Siempre diré que el sentido común es un bien muy escaso y valioso, y que el pensar -una capacidad básica del cerebro humano- ha perdido esta condición natural para pasar a convertirse en una habilidad. Pensar, hoy día, es una habilidad.

Si no fuera así, esta travesía por la búsqueda de una nueva identidad no habría acabado por perderla.

Pero la carencia de inteligencia no puede mantenerse en el poder durante mucho tiempo. La inteligencia, pensar, siempre va a ganar a la no inteligencia. Por eso, ahí en el horizonte, se puede ver ya, está la luz de nuestra casa, de la que nunca debimos irnos.

Como Jesús, problemas y tentaciones atrás, ahora, es hora de volver.