El Arte de la Discreción

A Dubái no le vale con tener el rascacielos más alto del planeta, tiene que tener otro que supere al suyo mismo. ¿Con qué necesidad? No lo sé, pregúntaselo a los jeques. Una de las mejores formas de llamar la atención es con el tamaño; a mayor tamaño, más probabilidad de ser visto. Esto es de “primero de Dubái”: Dubai Mall, el centro comercial más grande del mundo. Dubai Fountain, la fuente más grande del planeta. Deep Dive Dubai, la piscina de mayor profundidad antes vista. Dubai Miracle Garden, el jardín con más flores que se recuerde. Incluso tienen un marco de fotos de 150 metros de altura bañado en oro. Pero ahí no queda la cosa. El sistema de clasificación hotelera permite hasta 5 estrellas de excelencia en los hoteles. Pues ellos tienen un hotel con 7 estrellas.

Si algo está caracterizando los últimos 10 años de lo que llevamos de siglo es lo llamativo que es todo. A veces hasta tal punto que parece desmedido y exagerado. Parece que llevamos dentro de nosotros un afán de protagonismo y tenemos que hacer que todo el mundo, hasta quien vive debajo de una piedra, se entere.

No quiero que se me malinterprete, mi introducción no es una crítica negativa a Dubái ni mucho menos, es simplemente un ejemplo de afán de protagonismo. Me parece muy bien que la familia real Al Maktoum quiera crear una ciudad que acapare todas las miradas buscando el consecuente aumento de inversores y un imán para profesionales cualificados, celebridades y personas de alto patrimonio neto.
Sin embargo, a nuestros amigos de Emiratos Árabes hay que decirles que dan igual los rascacielos que construyan; como si quieren hacer un palillo que llegue a los 3.000 metros. Da igual lo grandes que sean sus mega centros comerciales. No importa si tienen un marco gigante de oro o una isla artificial con forma de palmera. Pueden construir todas las islas palmera que quieran que Villa Colorado, pueblo español del que por cierto no he escuchado nunca hablar, su nombre se me acaba de ocurrir sin motivo alguno y cuya existencia me niego a poner en duda (buscad en Google Maps si existe, estoy seguro de que sí, y si no, escríbeme y te regalo cualquier prenda de la web), genera más ingresos en turismo que Dubái.

España, ese país “mayorcete” de la Vieja Europa con cosas la mar de simples, atrae 97 millones de turistas cada año respecto a los menos de 20 millones que genera Dubái, además de que la mayoría de ellos son recurrentes. Dudo mucho que en Dubái esos 20 millones sean los mismos cada año. 
Llevándolo al dinero, lo que más le puede gustar a la familia real Al Maktoum, los turistas en España contribuyen casi 150.000 millones de euros al año, lo que representa en torno al 13% del PIB total del país. En Dubái se tienen que conformar con poco más de 50.000 millones, pero por lo menos tienen la pirámide inversa magnética más grande del mundo repleta de rubíes y diamantes, también los más grandes del mundo y el interior con más lámparas del mundo, y que más brillan, también del mundo (me he inventado este edificio pero tampoco dudo de su existencia, menos todavía conociendo el
modus operandi de nuestros amigos los Al Maktoum).

En España no nos hace falta tener el bar de tapas más grande del mundo ni la plaza de toros más grande que se pueda ver o la cama para echarse la siesta más espectacularmente súper mega grande jamás vista sobre la faz de la tierra. España, con su simpleza, su identidad, su discreción, es capaz de triplicar en atención al lugar con las cosas más grandes que se puedan observar.
Esto deja claro que lo llamativo no es lo que más acapara los focos. A la hora de la verdad, el inglés, el francés, el alemán o incluso el estadounidense, prefiere venir a pasar dos maravillosas semanas a nuestra amada España y disfrutar de cosas tan simples como los tardeos en una terraza, los paseos por la playa, ir de bar en bar tomando cerveza y jamón y disfrutar de la vida nocturna rural de este país.

Hoy en día pasa lo mismo con la moda. Mires donde mires, todas las marcas, empresas y famosos buscan llamar la atención con prendas de lo más llamativas. Incluso con algunas que rozan lo ridículo. Esta es la “tendencia Dubái” que también se ha abierto hueco, y de qué forma, en el sector de la ropa. Ahora bien, mientras todos se pelean por ver quién acapara los focos, a la hora de la verdad, cuando por la puerta asoma la simpleza, la discreción y la elegancia, todos los ojos, las cámaras y los flashes apuntan a esto último.

No es una casualidad que aunque el mundo se pelee por ver quién es el que más espectacularidad construye, luego todos acaben eligiendo a España. Lo mismo pasa y seguirá pasando con la moda.

En un mundo en el que todos gritan, es al callado al que se le escucha.